Santos oficiales y santos populares
Para la Iglesia Católica una persona es santa cuando ha alcanzado la gloria
y así lo determina una sentencia solemne del Romano Pontífice. Se trata de un
largo y minucioso procedimiento exclusivamente reservado a la Santa Sede y que
se conoce como canonización. El elemento fundamental para que la Iglesia
proceda son los milagros y la Congregación para la Causa de los Santos
integrada por Cardenales, Arzobispos, Obispos y numerosos especialistas son los
que designarán venerables, beatos y finalmente santos.
Los Santos deben ser hombres y mujeres que, cinco años después de su
muerte, permanezcan en la memoria de quienes los conocieron. Son aquellos que,
habiendo abrazado la fe cristiana y recibido el bautismo, viven y mueren en
Gracia de Dios. Esto implicaría ausencia de pecados mortales, aunque no de
pecados veniales e imperfecciones.
En el Vaticano, la Congregación para la Causa de los Santos, integrada por
veintitrés miembros de la alta jerarquía eclesiástica, más un promotor de la
fe, seis relatores y setenta y un consultores (médicos de distintas
especialidades, historiadores y canónicos) deberán estudiar científica y
jurídicamente las pruebas sobrenaturales. Si los dos tercios de la
Congregación lo avalan (el Papa da la última y definitiva palabra), el
candidato se convierte en venerable. De comprobarse un milagro, en beato.
Y si se demuestran dos milagros, el candidato es declarado santo.
Un santo es un modelo que Dios le ofrece a los hombres. En nuestro país hay
un único santo, ningún beato y la iglesia local tiene 24 causas en marcha. De
estos 24 Siervos de Dios, hay seis firmes candidatos: Ceferino Namuncura, la
Madre Camila Rolón y el fraile José León Torres (ya declarados venerables);
Mamerto Esquiú, el Cura Brochero y el empresario Enrique Shaw.
Pero, por otra parte, existen las canonizaciones populares que Susana
Chertudi y Sara Newbery en su libro "La Difunta Correa" (1978) las
definen como aquellas que tienen por objeto de culto personas que han sido
santificadas por el pueblo, es decir, que en el proceso de canonización no ha
intervenido la Iglesia Católica como institución. Félix Coluccio, por su
parte, considera que "la religiosidad popular, no siempre respetuosa de
la ortodoxia romana, suele canonizar de hecho a personas reales e incluso
imaginarias, a las que la tradición oral adjudica la realización de verdaderos
milagros. La Iglesia, desde luego, reprobó siempre estos hechos". Pero
el problema es complejo, "lo que frecuentemente se designa como
superstición es una auténtica manifestación religiosa" (Coluccio
1995).
Para un creyente no existe diferencia entre los santos oficiales de la
Iglesia Católica y los canonizados por él mismo. Todas son personas que hacen
milagros, que interceden por él, que están cerca de Dios, que reciben ofrendas
y a quienes se les hace promesas que hay que cumplir. La devoción se manifiesta
de la misma manera: se reza, se toca y se besan las imágenes milagrosas; se
realizan peregrinaciones hasta el lugar donde están enterrados los restos, se
encienden velas, se llevan flores, se dejan exvotos y se cumplen promesas tales
como subir de rodillas las escaleras del lugar sagrado.
La diferencia entre el culto que se rinde a los santos oficiales y a
los populares reside que el primero se manifiesta a través de reuniones tanto
de tipo espiritual como social como ocurre en la fiesta de San Roque en la
ciudad de San José (Catamarca) o para el 8 de diciembre, día de la Virgen, en
Fuerte Quemado (Catamarca). La gente abandona su rutina diaria, asiste a Misa,
participa de procesiones organizadas y luego acude a la feria donde puede
adquirir comidas y bebidas regionales, artesanías, y cantar y bailar hasta el
amanecer.
Por su parte, la veneración tributada a los santos populares es más
individual que social. Es un culto de promesas, de visitas solitarias al
santuario o cementerio donde se encuentra enterrado. En general no presentan
demostraciones colectivas organizadas aunque existen días de mayor concurrencia
como la fecha de nacimiento o muerte del santo y el Día de Difuntos, y se
observa una mayor necesidad de dejar testimonio escrito de los favores recibidos
a través de placas de agradecimiento.
Otra diferencia importante es que los Santos oficiales son gente que vivió
distante en tiempo y espacio, con costumbres y creencias completamente distintas
a quienes ahora los veneran y que rara vez conocen quiénes fueron realmente. Ni
su vida ni sus obras ni las circunstancias de su muerte Un ejemplo de esto es
que algunos fueron recreados, a veces sólo por sus imágenes y se los designó
patrones y protectores sobre determinados elementos. Así en algunos lugares del
Noroeste argentino San Antonio, de las llamas y San Ramón, de los burros.
En cambio, las personas canonizadas por el pueblo vivieron dentro de su marco
geográfico, descienden de alguna familia del lugar, tuvieron sus mismos
problemas, necesidades y angustias; eran como el hombre común pero
diferenciándose por una aureola de santidad adquirida por el sufrimiento de una
muerte violenta, por una vida sacrificada o por ser una víctima inocente.
Un aspecto importante para resaltar es que, para el creyente, no hay
contradicción entre creer en un santo popular y continuar siendo un cristiano
practicante. Se puede asistir a Misa, bautizar a sus hijos, confesarse, comulgar
y honran a sus santos no oficiales junto a las imágenes de Cristo, la Virgen y
los santos de la Iglesia.
Los protagonistas
Muchos no hubieran sospechado nunca que terminarían convertidos en objeto de
veneración debido a que tuvieron vidas comunes y fue la circunstancia de la
muerte la que determinó su paso a la santidad. En cambio otros son
reverenciados por haber asumido en vida el rol de sanadores, iluminados y guías
espirituales.
El primer santo popular argentino del que se tenga memoria es de 1830 y se
conoce como "El Quemadito". La historia comienza después de la
derrota de Oncativo cuando los unitarios asumen el poder en Catamarca y
persiguen a los federales. En esas circunstancias hacen prisionero a José
Carrizo y lo acusan de ser espía del General Quiroga. Se lo arrojó vivo a una
hoguera, muriendo quemado. Se supone que este hecho tuvo lugar en el antiguo
camino real entre Miraflores (Capallán) y Huillapima, y allí se erigió una
cruz de madera clavada en el tronco de un quebracho que se conoció como
"la Cruz del Quemadito". Frente a esta cruz los lugareños rezaban y
prendían velas pidiéndole, sobre todo, hallar sus animales.
A partir de José Carrizo, se ponen de manifiesto dos de los rasgos comunes a
esta clase de santos populares. El primero es que la muerte los sorprende en
plena juventud, y el segundo son sus circunstancias extraordinarias: asesinatos,
accidentes o después de un sufrimiento intenso. Las muertes trágicas se
consideran signadas con un sello divino. El sufrimiento es un elemento
purificador que borra todos los pecados como a los mártires. La idea de la
elevación luego de un profundo padecimiento, no buscado sino sobrevenido y
llegado de afuera, lleva implícita la idea de purgatorio. El alma así
purificada se eleva a la santidad.
Algunos elementos en común entre las personas objeto de devoción nos
permiten agruparlos. Un figura recurrente es la mujer, su dolor y la tragedia
desencadenada. Muchas de ellas son mujeres honestas víctimas de crímenes
pasionales, otras llevaron una vida irregular pero murieron en medio de un gran
sufrimiento. No es importante saber realmente si Juana Figueroa fue una
mujer deshonesta o sólo una víctima de las "malas lenguas", lo que
marca la diferencia es que murió cruelmente a los 22 años a manos de su marido
celoso, y que luego de su muerte fue invocada en busca de milagros. Hechos
similares dieron lugar a otras devociones como La Brasilera, una rezadora
profesional en los cementerios y velorios que falleció carbonizada el Día de
Difuntos al tocar accidentalmente sus ropas las velas encendidas y prenderse; La
Finadita Juanita fue apuñalada por la espalda por un joven que
infructuosamente la pretendía de amores; Almita Sivila, fue degollada,
su cuerpo violado y descuartizado; La Telesita, quemada o desaparecida en
la segunda mitad del siglo pasado en Santiago del Estero y La Ramonita, cordobesa,
murió estrangulada a causa de celos.
También son consideradas almas milagrosas las de algunos gauchos que han
tenido problemas con la justicia por sus actividades no siempre encuadradas
dentro de la ley pero que tras sus muertes la leyenda los transforma en especies
de Robin Hood que repartían lo robado entre los necesitados. Murieron a
traición, y muchas veces su asesinato se vincula a motivaciones políticas, por
eso sus tumbas son pintadas con el color del partido al que apoyaban.
Trascendieron el ámbito local al transformarse en protagonistas de
radioteatros, cine, cuentos e historietas. De Corrientes surgieron entre otros
el Gauchito Gil, el Gaucho Lega (1906), Aparicio Altamirano (1934), Gaucho Antonio María (mediados del siglo XIX), Turquiña (1917)
y Curuzú José. De Mendoza: Gaucho Cubillos (1895) y Bairoletto (1941). De Tucumán: Bazán Frías (1923), Mariano Córdoba (fines
del siglo XIX) y El finado Chiliento (1940).
También muchos niños integran las devociones populares. Tradicionalmente se
considera que los niños han muerto sin haber perdido la inocencia y sus almas,
sin mediar Juicio alguno, van a sumarse a los ángeles. Por esta razón, en
algunos lugares del noroeste argentino se realiza el Velorio del Angelito y el
muertito es vestido con ropa blanca y se le colocan alitas de papel. Si la
circunstancia de la muerte es trágica se refuerza la creencia en su santidad.
Este es el caso de Pedrito Sangüeso que fue vejado y asesinado a los
seis años en la Provincia de Salta; de los Lucas Hallao mellizos
abandonados en el cementerio de Tucumán en la noche de San Lucas y de la Almita Perdida, un niño de 3 años que se perdió y murió ahogado y cuyo
nombre se ignora. A estos Angelitos se les suele pedir por los niños y las
ofrendas son juguetes, ropitas, cuadernos escolares, fotos, golosinas.
Otra categoría de santo popular es la integrada por sanadores, líderes
iluminados y carismáticos a quienes se le adjudicaron poderes extraordinarios
en vida y que se considera que dichos poderes continúan aún después de la
muerte física. Los más conocidos son Pancho Sierra, la Madre María y el Padre Mario.
Nace un santo popular
Estas muertes trágicas suelen conmover a los vecinos, quienes se acercan al
lugar de la tragedia o la tumba a rezar y encender velas. Si se le hace algún
pedido que luego se cumple, comienza a crearse la fama de sus poderes
sobrenaturales. La forma de transmisión en primera instancia es oral y
personal. Aquellos que se ven beneficiados por los milagros del santo se
convierten en su principal carta de recomendación.
Surgen los lugares de culto, como la propia tumba, donde sólo se dejan
flores debido a las reglamentaciones restrictivas de algunos cementerios. Pero
en compensación, en las paredes externas o en las inmediaciones del mismo
suelen colocarse imágenes y placas de agradecimiento. También es frecuente que
en el sitio de la muerte se eleve una cruz o un nicho donde se lo recuerda y
venera. Las devociones más importantes poseen un Santuario principal y
numerosos altares en distintos lugares, construidos por los promesantes.
Mientras que algunas creencias son locales, otras son efímeras, y hay santos
cuya fama se extenderse como la del Gauchito Gil cuya estampita es repartida en
los trenes de Buenos Aires junto con las de San Cayetano, San Jorge y la Virgen
María.
Cuando la fama de milagroso trasciende, surgen versiones escritas en
folletos, revistas, estampitas y pueden llegar a ser protagonistas de
folletines, canciones, teatro, cine, poesías (romanceros, coplas) y
televisión.
Pedidos
Se los invoca por diversos motivos: cura de enfermos; protección a los
viajeros, ganados y cosechas; recuperar objetos perdidos, conseguir o conservar
el trabajo; pagar deudas e hipotecas y encontrar novio. Existen santos populares
a los que se recurre para problemas específicos, por ejemplo el taxista Nicolás
Caputo, quien fue asesinado en 1939 mientras iba a cumplir una promesa a la
Difunta Correa, es "patrono" de taxistas y camioneros. Al Finadito
Llampa, un agente de policía extraviado en los cerros del Tafí, se le pide
especialmente por los perdidos. Los Angelitos ayudan a los niños en
cuestiones de salud y rendimiento escolar.
Manifestaciones del culto
La devoción puede demostrarse a través de ofrendas y de sacrificios. Entre
las ofrendas están hacer construir una capilla o monumento, encender
velas, celebrarle misas, llevar ropa (del primer hijo o trajes de novia),
colocar placas con leyenda de agradecimiento, limosnas, cruces, agradecimientos
publicados, fotos de promesantes, banderas, insignias, chapas de autos,
muñecas, cigarrillos, maquetas de casas, relojes, joyas de familia, flores,
representaciones en metal de miembros y órganos humanos y muchas más.
Entre los sacrificios más frecuentes se practica el ayuno, la
peregrinación, largas marchas sobre las rodillas o gateando, rezar novenas y
hacer "cadenas" que son cartas (al modo tradicional o por correo
electrónico) que al ser recibidas deben hacerse copias y mandarse a otras
personas de acuerdo con las instrucciones de la carta inicial. Son todas
similares en contenido: "si cumple tendrá mucha suerte...si la corta
aumentará su desgracia"
No cumplir la promesa genera dificultades que sólo son superadas en el
momento que se hace efectiva. Circulan numerosos relatos de personas ingratas
que fueron castigadas por no corresponder a la ayuda obtenida. Si el santo
cumple, el promesante debe cumplir.
Extraido del cdrom "ALMAS MILAGROSAS, SANTOS POPULARES Y OTRAS DEVOCIONES" por María de Hoyos y Laura Migale, Edición NAyA
Fuente:
Diccionario de Mitos y Leyendas - Equipo NAyA
http://www.cuco.com.ar/