Otro elemento pagano de la navidad es, por supuesto, Papá Noel, que en un principio se trataba del
Abuelo Invierno al que los vikingos agasajaban para que fuera benévolo, y llegado el
momento, partiera sin resentimiento para dar paso a la nueva vida. Una vez critianizados
y, siguiendo la costumbre vikinga, los bretones los denominaron Viejo Padre Navidad: uno
de ellos se disfrazaba del personaje y con gran alegría el pueblo le ofrecía de comer y
de beber en abundancia hasta su partida.
Con el tiempo, el Padre Invierno o Papá Noel, se confundió con San Nicolás, un hombre
sumamente rico nacido en lo que hoy es Turquía y famoso por su generosidad con los más
pobres, en especial con los niños. Resulta a que aquel hombre que se transformó en
obispo, y mástarde en santo, los holandeses le tomaron particular cariño y lo llamaron
en su lengua Sinter Klaas (San Nicolás), y con este nombre pasó a América, más
específicamente a Nueva Amsterdam, que luego los ingleses bautizaron
como Nueva York. Con el tiempo y las aguas navideñas, Sinter Klaas se transformó en el
famoso Santa Claus (jo jo jo), es decir en Papá Noel, esto es, en el Padre Invierno.
Y a propósito de este personaje, los lapones constataban cómo cada vez que estaba por
llegar el (Padre) invierno, los renos empezaban a bajar en manadas desde las montañas
hasta los valles menos azotados por los vientos gélidos. Sabedor de esta leyenda -o al
menos así lo supone Desmond Morris-, el poeta Clement Moore incorporó a los renos a su
famoso poema "Una visita de San Nicolás", allá por 1824. Desde entonces los
renos han precedido el carruaje de Papá Noel, y se teme que Rodolfo el reno, que tenía
la nariz roja como un tomate, era parte del séquito.
Fuente:
Diccionario de Mitos y Leyendas - Equipo NAyA
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