Ecuador: tierra de magia
El Ecuador es un país de varias culturas, como los shuar de la Amazonía,
a quienes pertenece la primera leyenda. Las otras pertenecen a la época
colonial y republicana y abarcan tres provincias: Tungurahua, Pichincha
–donde está la capital Quito-, e Imbabura, la provincia lacustre.
Son parte de los libros Los dioses mágicos del Amazonas, Leyendas de
Quito y Leyendas de Ibarra, como parte del proyecto Leyendas de Ecuador,
del escritor Juan Carlos Morales Mejía.
El sapo Kuartam se transforma en tigre
Un shuar iba de cacería e incrédulo imitó el canto del sapo Kuartam,
que vive en los árboles. “Kuartam-tan, Kuartam-tan”, lo
retó en medio de la noche, pero nada pasó. “Kuartam-tan, Kuartam-tan,
a ver si me comes”, dijo y rió. No lo hagas, le había dicho su
mujer, porque puede transformarse en un tigre. No le creyó. Kuartam,
el sapo, se convirtió en felino y lo comió. Nada se escuchó de su ataque,
pero la mitad del cuerpo del shuar había desaparecido. Al alba, la muchacha
decidió matar a Kuartam. Llegó hasta el árbol donde el batració cantó
la noche anterior. Tumbó el árbol que al caer mató a Kuartam, que se
había convertido en un sapo con un estómago inmenso. La mujer cortó
rápidamente la panza de Kuartam y los pedazos del shuar rodaron por
los suelos. La venganza no le devolvió la vida al shuar pero su mujer
pudo contar que nunca es bueno imitar a Kuartam. A lo lejos de la tupida
floresta se escuchó un nuevo: “kuartam-tan, kuartam-tan”,
sin saber si era un sapo o un shuar a la espera de un tigre.
Las velas del amador
Don Juan Tenorio había llorado sobre la tumba de Doña Inés. Al final,
acaso, había entendido que el Amor era una expiación. Por eso, en la
escena del teatro se develaba una estatua. En medio de las sombras Doña
Inés sale de su tumba y exclama: “Don Juan mi mano asegura/esta
mano que a la altura/tendio tu contrito afán/y Dios perdona a Don Juan/al
pie de la sepultura”.
Cuando el relato de Don Juan Tenorio, de
José Zorrilla, cruzó el mar desde España, el actor llegó tan maltrecho
que se lo confundió con cualquier personaje entregado a los lances amorosos.
Y había una diferencia: los donjuanes de América no sufrían por amor.
Sin embargo el personaje se había convertido en sinónimo de buscador
de aventuras amatorias y por eso no fue casual que en San Miguelito,
en Tungurahua, el cazador de fragancias del pueblo sea conocido como
Don Tenorio, olvidándose el de Juan, porque hasta el nombre no había
podido desembarcar de España.
Este mozuelo llevaba una máxima: la empresa
amatoria más ardua lo catapultaría a ser la admiración de todas las
muchachas del pueblo. Por este motivo eligió a una hija de Maria, como
se conocía a las doncellas que estaban con la profesión de beatas en
el cuello. La joven llegaba temprano a la iglesia envuelta en una chalina
negra y su cara cubierta de un velo casi imperceptible, aunque se podía
intuir su cabellera larga. Don Tenorio la esperó con paciencia. Sabia
que no hay diligencia mejor que la realizada con cautela.
La damisela
declinó, al inició, la invitación pero ante los ruegos aceptó encontrarse
en las primeras sombras de la tarde. Los jóvenes parecieron entenderse
con las miradas. La mujer lo condujo hasta una casa apartada. Al cerrar
la puerta una habitación mínima se develó ante la insistencia de un
escaso fuego producido por siete velas. Las siluetas se proyectaron
en las paredes ásperas con olor a tierra. Las sombras parecían disiparse
y cuando Don Tenorio se acercó el leve resplandor se consumió. Las palabras
se quedaron flotando en el aire. El joven llamó tiernamente a su futura
amada pero no obtuvo respuesta. Después a tientas intentó localizar
una cerilla pero fue inútil. Palpó la pared y tampoco encontró la salida.
Fue allí que comenzaron los fatigosos gritos envueltos en un eco bronco,
en medio de una estancia oscura. Su cuerpo cayó al suelo sólo para comprobar
que la tierra era más húmeda que antes. Para el tercer día Don Tenorio
tenia la garganta lacerada y sus leves quejidos eran cada vez más distantes.
Pero no dio tregua y siguió gritando mientras sus manos arañaban la
pared, con rastros de sangre. Ese día el sepulturero del pueblo llegó
mas temprano y escucho unas voces que salían de una tumba.
Antes de
que el aliento se le termine llego hasta la casa del teniente político
con la inesperada noticia y la cara desencajada como un mal agüero.
Cuando los dos hombres se dirigieron al cementerio ya les acompañaba
una muchedumbre ansiosa por escuchar las voces que salían del cementerio.
El panteonero, junto con algunos vecinos, cavó rápidamente la fosa y
en medio de terrones negruzcos apareció la cabeza de Don Tenorio, con
los ojos lastimados por la luz.
Fue sacado al vilo y antes que pudiera
decir nada se arrodilló delante de medio pueblo y pidió perdón por su
único delito: burlador de mujeres. Los viejos de San Miguelito aun no
se ponen de acuerdo en las versiones del hecho. Hay quienes aseguran
que Don Tenorio entró en un convento; otros dicen que una alma del otro
mundo se enamoró del mozuelo. Mas, en los textos de Zorrilla se puede
encontrar una alegoría de lo sucedido en San Miguelito y es cuando la
sombra de Doña Inés exclama:
Más tengo mi purgatorio
en este mármol mortuorio
que labraron para mí.
Yo a Dios mi alma ofrecí
en precio de tu alma impura
y Dios, al ver la ternura
conque te amaba mi afán
espera a Don Juan
en tu misma sepultura.
¿Hasta cuándo Padre Almeida?
Una mueca se desvaneció leve cuando el joven cura Manuel de Almeida
divisó la altura de una de las ventanas y la mínima distancia de los
muros, que a él –en su primer día en el convento- le resultaron
tentadores. El joven acababa de egresar del noviciado y atrás –le
pareció a él- había quedado las cuitas de amor doblegadas por las oraciones
y los pasajes bíblicos. Ahora, entraba en la abadía franciscana de San
Diego, construida como una suerte de retiro casi a las faldas del Pichincha
y de amplias estancias donde el silencio era el dominante, ante el susurro
de los rezos.
Hijo de Tomás de Almeida y Sebastiana Capilla, el muchacho
lo primero que hizo al entrar en su oscura celda fue guardar bajo la
estera sus naipes y extrajo de su hábito franciscano una carta perfumada.
La abrió y releyó una caligrafía preciosa de evocadoras palabras de
a un tiempo que parecía no pertenecerle más. Suspiró y tuvo la sospecha
de esta aún enamorado... Pero ese amor que antaño le había empujado
a entrar al convento se había transformado en un amor a los deleites
mundanos. A él le ocurrió que esa expansión amatoria le prevenía de
los peligros de ciertos ojos que casi había olvidado.
Pero se enfrentaba
a dos realidades: ya no era novicio y ahora se encontraba en una casa
de clausura y la puerta tenía unos goznes infranqueables, pero recordó
el muro. El tonsurado se paseó muchos días por los jardines del convento
hecho para místicos, fundado en 1597 por fray Bartolomé Rubio con el
nombre de los Descalzos de San Diego de Alcalá, para que no quedara
duda de que el monasterio no era solamente de retiro sino de clausura,
donde los cilicios, que lastimaban sus carnes, y penitencias eran habituales.
El encapuchado iba cabizbajo, con el ceño duro, y estaba tan ensimismado
que los otros religiosos se contuvieron de importunarlo por temor a
distraer a un santo en ciernes. Una noche se encontraba en sus meditaciones,
en las afueras de su celda. La Luna caía grave sobre el huerto y entre
el movimiento de las ramas alcanzó a divisar a un monje que trepaba
el paredón. Lo siguió después de procurarse una capa.
Detuvo al cura
en fuga y comprobó que era fray Tadeo, quien tenía fama de taciturno
y que exhalaba un olor a rosas debido a su candidez. El descubierto
no tuvo más que aceptar que iría primero a la Cruz de Piedra. Mas, con
los días de parranda que siguieron a esa notable noche, el fray Almeida
supo que su conjurado acompañante tenía una manceba denominada Percherona,
que vivía cerca del Sapo de Agua. Fue en esa casa donde el padre Almeida
armado de una guitarra sacó más de un suspiro a las damas de la noche,
especialmente –según los rumores- a Catalina:
Mujercita tan bonita,
Mujercita ciudadana,
que sales demañanita
al toque de la campana.
Mujercita tan bonita.
¿A dónde vas tan temprano?
Quién fuera el feliz curita
que te ve junto al manzano.
La animada concurrencia estaba integrada por una nutrida delegación
de dominicos, agustinos y los representantes franciscanos que tenían
un acto más: fray Tadeo era un interprete del arpa y con los fragores
del licor sus melodías tenían la virtud de llevar a todos los religiosos
y las muchachas a una apoteosis que parecía derramarse por el zaguán
hasta inundar las callejuelas oscuras de Quito, la ciudad de las campanas.
Un amanecer fatal, los parranderos tardaron más de la cuenta en regresar
al convento de San Diego y cuando franquearon la tapia fueron sorprendidos
por el padre guardián quien puso el grito en el cielo y hasta allí acabó
la fama de santo de fray Tadeo y fray Almeida fue conducido de las orejas
a su celda. Después de entregarles sus respectivos látigos, los tonsurados
permanecieron en sus celdas por ocho días mientras el resto de la congregación
escuchaba los azotes de los curas penitentes. Las tapias del jardín
fueron levantadas al mismo tiempo que el padre Almeida colocaba masas
de pan para despistar las huellas que dejaron los latigazos en las patas
de su maltrecha cama.
El franciscano no se avenía a la soledad, pero
aún cuando recordaba los ojos de su Catita –como él la llamaba-,
perdidos entre los talanes de la urbe. Una tarde, mientras se entonaban
las loas en la capilla el cura jaranero tuvo una inspiración: divisó
el enorme Cristo y dedujo que por su cuerpo de madera podía alcanzar
el alféizar de la ventana y de allí escabullirse, desde el Coro, hasta
llegar a la Capilla hasta respirar la humedad de la calle.
Fray Tadeo
terminó sus días de juerguista cuando le dijo que una cosa era el premio
de las noches junto a la Percherona pero otra muy distinta condenarse
a los infiernos por profanar la figura de Nuestro Señor Jesucristo subiéndose
por sus costados y que por nada del mundo aceptaría semejante pretensión,
aunque –en honor a viejas noches de parranda- le prometió no abrir
la boca eso sí augurándole un castigo que se cerniría sobre el cura
Almeida por irse de jolgorio por el busto del Crucificado.
Fray Almeida
lo tentó advirtiéndole sobre ese Dios benigno y piadoso que perdona
a las pobres criaturas en sus deslices y flaquezas y que no hay oración
que no pueda ablandar a Cristo, aunque tenga que servir de escalera.
Fray Tadeo se quedó pensando en el sacrilegio del cura en el mismo instante
en que el padre Almeida trepaba por el Cristo doliente para alcanzar
el goce de bailar, jugar las cartas, cantar, zapatear y reír junto con
los otros curas y ciertos ojos de una muchacha.
El Cristo le prestaba
su hombro cada noche, aunque el fraile procuraba no mirarle a los ojos
hasta llegar a sus citas clandestinas, en medio de abundante licor.
Una madrugada, el monje llegó tan borracho que se descolgó por los brazos
del Cristo y estuvo a punto de caer. ¡Cristo ayúdame!, le dijo balbuceando
mientras su cuerpo se abrazaba a la imagen, llena de llagas y de ojos
de vidrio, que no le impedían reflejar su ternura. Cerca al hombro del
Crucificado escuchó una voz trémula: -¿Quosque tandem pater Almeida?
Quedó suspendido el cura en los brazos de madera y yeso, y supuso que
se trataba de una broma de algún hermano que al descubrirle lo retaba
en latín. Hubo silencio. Miró los ojos de la imagen y los labios de
la figura se movieron: -¿Quosque tandem pater Almeida?
Esas palabras
en latín parecían repetirse en un eco que salía del Coro y que avanzaba
sigiloso hasta contener toda la bóveda y después concentrarse en el
embriagado cuerpo del cura Almeida, que logró bajarse del Crucificado
para contestarle en el mismo idioma que servía no sólo para las misas.
-Usque ad rediveam Domine... Manuel de Almeida amaneció en su resaca
y recordó el suceso pero dedujo que no era otra cosa que el producto
de su borrachera. Una y otra vez volvió a descolgarse de la cruz y escuchar
las quejas del Cristo y su misma respuesta se sucedió en varias noches,
porque el cura parecía pertenecer más al mundo de los goces que de las
constantes penitencias que sus hermanos enclaustrados. El Cristo tampoco
desfalleció en su intento y lo retó en castellano: -¿Hasta cuándo padre
Almeida? -Hasta la vuelta Señor, fue la contestación del fray que muy
contento se dirigió a una noche más de aventuras deliciosas.
Mas, cerca
de la Plaza de San Francisco encontró un cortejo fúnebre y curas encapuchados
que se dirigían lentamente, con cirios en sus manos. El séquito avanzaba
por la noche quiteña en medio de lamentos espectrales y el ataúd parecía
deslizarse de las manos de los franciscanos, que no mostraban su rostro.
El padre Almeida se acercó a un sacerdote y le inquirió sobre el nombre
del muerto. Es el padre Almeida, le replicó. No puede ser verdad, se
dijo, y esperó que pasara otro encapuchado quien le contestó que era
el padre Almeida quien se encontraba en el ataúd.
Desconfiado aún preguntó
a otro: ¿quién ha muerto?, hermano. Y la respuesta fue contundente:
el padre Almeida del convento de San Diego. No quiso saber más y se
acercó al féretro descubierto y levantó la capucha para comprobar con
pavor que su rostro demacrado era el que tenía entre sus manos. Regresó
a mirar sólo para confirmar que el cortejo fúnebre era conducido por
esqueletos, con hábitos de franciscanos, que se movían con sus cirios,
dejando a su paso un olor a Muerte y cipreses gastados.
Despavorido
llegó el padre Almeida hasta el Cristo de madera y le pidió perdón por
todas sus faltas y corrió a encerrarse en su celda para comprobar, entre
rezos, que otra vez volvía la mañana. El día llegó y el cura arrepentido
entró a un proceso de ayuno y penitencia que le duró largos años, más
allá de su designación de Visitador General. Vivió, ahora sí, una vida
entregada a la contemplación y rezos, a esa misma imagen que alguna
vez lo transportó a los esplendores de la noche y de la parranda, cuando
se deslizaba por el Crucificado convertido en escalera.
Brujas sobre Ibarra
Desde arriba del Torreón, la ciudad, en las noches de luna, parecía
una maqueta parda llena de tejados, que guardaban jardines atiborrados
de buganvillas, nogales e higos. Más arriba, en cambio, se distinguían
las palmeras chilenas: enjutas y lustrosas, pese a la intensidad nocturna
y las exiguas farolas, alumbradas con mecheros que –de cuando
en cuando- eran revisados por el farolero, envuelto en un gabán descolorido
que no impedía apreciar su silueta recorriendo esa luz mortecina que
golpeaba las paredes de cal.
Más arriba, aún, el parque de Ibarra era
un minúsculo tablero de ajedrez sin alfiles, donde destacaba el añoso
Ceibo, plantado tras el terremoto del siglo XIX y que –según decían-
sus ramas habían caminado una cuadra entera. La noche caía plácida sobre
la enredaderas y la luna parecía indolente a las sombras que pasaban,
pero que no podían ser reflejadas en las piedras. ¿Quiénes miraban a
Ibarra dormida? ¿Quiénes tenían el privilegio de contemplar sus paredes
blanquísimas engalanadas con los fulgores de la luna? ¿Quiénes pasaban
en un vuelo rasante como si fueran aves nocturnas? ¿Quiénes se sentaban
cerca de las campanas de la Catedral a mirar los tejuelos verdes y las
copas de los árboles?
No es fácil decirlo: unas veces eran las brujas
de Mira, otras las de Pimampiro y muchas ocasiones las de Urcuquí. Eran
una suerte de correos de la época, acaso a inicios de siglo, que viajaban
abiertas los brazos, por los cielos estrellados de Imbabura. Por eso
no era casual que las noticias –que por lo general se tardaban
en llegar cuatro días desde Quito- se conociera más aprisa en los corrillos
de estas tres poblaciones unidas por un triángulo mágico: que ha iniciado
la revolución de los montoneros alfaristas, que el Congreso ha sido
disuelto, que llegaron las telas de los libaneses o que fulano ha muerto.
Todas noticias importantísimas que –de no ser por las voladoras-
hubieran llegado desgastadas. Pero, a diferencia de lo que se cree de
las brujas, que van en escoba, llevaban un traje negro y tienen la nariz
puntiaguda, las del sector norteño ecuatoriano poseían trajes blanquísimos
y tan almidonados que eran tiesos. Por eso cuando las voladoras pasaban
los pliegues de sus vestidos sonaban mientras cortaban el viento. Algunos
las tenían localizadas. Por eso cuando pasaban por encima de las casas,
existían los atrevidos que se acostaban en cruz y con esta fórmula las
brujas caían al suelo.
Otros, en cambio, preferían decirles que al otro
día vayan por sal y de esta manera conocían su identidad. Pero las voladoras
de Mira también tenían sus hechizos. Quienes se burlaban de las brujas
terminaban convertidos en mulas o gallos. Y eso, al parecer, le sucedió
a Rafael Miranda, un conocido galeno de Ibarra, de inicios de siglo.
Cuentan los abuelos que el doctor Miranda desapareció un día sin dejar
rastro. Sus amigos lo buscaron por todos lados infructuosamente. Sus
familiares estaban desesperados. El tiempo pasó. Una tarde, un conocido
del doctor Miranda recorría unas huertas por Mira y miró a un hombre
desaliñado con un azadón. Creyó reconocerlo.
Al acercarse comprobó con
estupor que se trataba del famoso doctor Miranda. Lo sacó del lugar
y tras curaciones prodigiosas el galeno volvió a su estado normal y
nunca más se sintió gallo. Otra historia, en cambio, sirvió para que
Juan José Mejía, el popular y primer sacamuelas de Carchi e Imbabura,
justificara una parranda de tres días. Cuando le preguntaron porque
no había llegado a la casa contestó sin inmutarse: “Estuve en
Mira amarrado a la pata de una cama, convertido en gallo y recién me
escapo de las brujas”. Claro que estuvo en Mira y, acaso, le brindaron
–como a muchos- el famoso tardón, que es una bebida que basta
un solo trago para que el confiado visitante termine por los suelos,
en un remolino de carcajadas.
Por eso los políticos de turno o las autoridades,
que siempre ofrecen solucionar todos los problemas, se dan cuenta de
los fatídicos brebajes demasiado tarde: quedan arrumados en las sillas
de madera, con un olor imperceptible a aguardiente, que es uno de los
ingredientes del tardón, elaborado de papa y de secretísimos compuestos
que ha sido imposible develar. Cuando alguna autoridad trataba de levantarse
caía en cuenta que sus honorables posaderas estaban como pegadas a la
silla. ¿Cuáles eran las palabras mágicas para volar? De boca en boca
ha llegado hasta estos días lo que decían las brujas ecuatorianas: “De
villa en villa y de viga en viga, sin Dios ni Santa María” y tras
pronunciar este conjuro levantaban vuelo.
Y hasta había quienes intentaron
realizar una aventura aérea. Cuentan que un mireño insistió a una maga
para que le iniciara en su arte. Tras las súplicas decidió confiarle
el secreto. Lo primero que le indicó es que tenía que utilizar uno de
sus trajes níveos. Aguardaron la noche y subieron a la chimenea de un
horno... -Tienes que repetir esta fórmula, le dijo la encantadora. Tras
decir “de villa en villa, de viga en viga, sin Dios ni Santa María”,
extendió sus brazos y salió disparada por el cielo. Nuestro personaje
se emocionó, pero al repetir el conjuro lo hizo de esta manera: “de
villa en villa, de viga en viga, con Dios y Santa María”.
Dicho
esto, desplomóse cuan largo era en el patio de la casa, en medio de
los ladridos de los perros y de los vecinos que lo encontraron magullado
y vestido de traje blanco, con cintas y encajes. Aunque pidió discreción,
al otro día toda Mira conoció esta historia y su único argumento fue
se enredó en la vestimenta. Obviamente, no pudo aclarar qué hacía subido
en la chimenea y con un vestido de dama. Hay quienes dicen que las brujas
aún pasan por los tejados de Ibarra. Es posible. Mas, nunca se han caracterizado
–como lo eran acusadas en la Inquisición Española- de artilugios
malévolos.
Su único delito, podría decirse, es volar para conocer tierras
lejanas o para visitar a algún amante venturoso que abre su puerta antes
que la maga tope el suelo. Hay quienes dicen haberlas visto reunidas
practicando iniciaciones antiquísimas, en medio de un prado. Con suerte,
si levantamos a mirar el cielo en una noche de luna es posible que localicemos
a una bruja que regresa del sur y pasa por encima del pequeño Ceibo,
del parque Pedro Moncayo, que ha empezado a brotar sus hojas.
Con la colaboración de:
Juan Carlos Morales Mejía (Ecuador)
calamus@latinmail.com
Fuente:
Diccionario de Mitos y Leyendas - Equipo NAyA
http://www.cuco.com.ar/