La mitología: dos perspectivas de estudio
A partir de Durkheim y del *Année Sociologique* emergen dos grandes
perspectivas en el estudio de los mitos. Una de ellas, desarrollada
por Bronislaw Malinovski y ampliada por Mircea Eliade, el célebre
historiador de las religiones, además de repetir la idea de que los
mitos son historias sagradas y verdaderas, pone de relieve que son
estatutos sociales y, como tales, constituyen modelos para la
conducta de los individuos. La otra, que coincide en varios puntos
con la primera, (sobre todo como mecanismo para distinguir entre
sociedades tradicionales y modernas), se centra en los procedimientos
intelectuales subyacentes a los mitos.
Fiel a su orientación funcionalista, Malinovski afirmó que hay que
definir:
... el mito o la historia sagrada por sus funciones. Se trata de una
historia que se cuenta con el fin de establecer una creencia, para
que sirva de precedente en ceremonias y rituales, o para figurar como
modelo de conducta moral o religiosa. Por lo tanto, la mitología, o
la tradición sagrada de una sociedad, es un conjunto de historias
entretejidas en el seno de su propia cultura, dictando sus creencias,
definiendo su ritual, actuando como el estatuto de su orden social y
como modelo de su conducta moral (Malinovski 1967, 286).
Eliade elabora esta visión y, en el marco de su perspectiva
fenomenológica reafirma que ''mito' significa 'historia verdadera'...
porque es sagrado, ejemplar y significativo' (Eliade 1963, 1).
Siguiendo la idea de Malinovski del mito como estatuto social, Eliade
añade que '[el mito] proporciona modelos de comportamiento humano y,
por ese solo hecho, otorga un sentido y un valor a la vida'(2). Para
él, la carácterística fundamental de los mitos es su naturaleza
sagrada, porque nos cuentan:
... cómo, a través de las hazañas de Seres Sobrenaturales, nació una
realidad, ya sea el conjunto de la realidad, el Cosmos, o cualquier
fragmento de la realidad - una isla, una especie de planta, un tipo
concreto de comportamiento humano o una institución. Por lo tanto, el
mito es siempre la historia de una 'creación'... En pocas palabras,
los mitos describen las diversas irrupciones, a veces dramáticas, de
lo sagrado (o lo 'sobrenatural') en el mundo (Eliade 1963, 5-6).
La perspectiva estructuralista - Lévi-Strauss
En la perspectiva intelectualista, encarnada en el estructuralismo de
Lévi-Strauss, se reconoce la cualidad sagrada del mito, pero esto es
secundario. Así, mientras Eliade dedica algunas páginas a explicar
que algunos nativos distinguen entre mito y fábula, en términos de
historias 'verdaderas' o 'falsas', para Lévi-Strauss esta distinción
parece irrelevante. Para él, lo importante es que se trata de
historias que ocultan una lógica implícita presente tanto en el
pensamiento de pueblos considerados 'primitivos' como en los
considerados 'científicos'. Esta lógica es la que representan las
operaciones binarias, que están presentes en la cibernética y la
informática, pero que también desempeñan un papel central en la
mitología, en el sentido de que se puede descomponer los mitos en
oposiciones complementarias que guardan una relación armónica con el
todo.
Para Lévi-Strauss:
decir que una manera de pensar es desinteresada y que es una manera
intelectual de pensar no significa en absoluto que sea equivalente al
pensamiento cientifico. Desde luego, sigue siendo diferente en cierto
sentido, e inferior en otro. Sigue siendo diferente porque su
objetivo consiste en alcanzar, por el camino más corto, un
entendimiento general del universo - y no sólo un entendimiento
general sino *total*. Es decir, es una manera de pensar que implica
que si no lo entendemos todo, no podemos explicar nada. Esto está en
abierta contradicción con los procedimientos del pensamiento
científico, a saber, proceder paso a paso, intentando formular
explicaciones de fenómenos muy limitados, para luego seguir adelante
y abordar otros tipos de fenómenos, y así sucesivamente.
(Lévi-Strauss 1978, 17)
Lévi-Strauss sostiene, de acuerdo con Eliade, que una de las
principales carácterísticas de los mitos es su atemporalidad. A
diferencia de la historia, ambos sostienen que el mito trata de
acontecimientos reversibles, mientras que la historia trata de hechos
irreversibles. Según Lévi-Strauss:
La mitología es estática, y descubrimos los mismos acontecimientos
mitológicos combinados una y otra vez, si bien se encuentran dentro
de un sistema cerrado, a diferencia de la historia, que es, sin duda,
un sistema abierto (1978, 40).
El mito es cíclico, la historia es lineal
Para Eliade, esta distinción se expresa en una imagen geométrica: el
mito es cíclico, mientras que la historia es lineal.
Ambos autores asocian esta distinción con el contraste que establecen
entre sociedades 'primitivas', 'arcaicas', o 'tradicionales' y las
sociedades occidentales modernas. Por la naturaleza de sus
organizaciones sociales, Lévi-Strauss define a las primeras como
'frías' y a éstas como 'calientes'. Mircea Eliade establece esta
diferencia a través de una valoración de la dominancia del mito en
estas sociedades. Así, en *Mito y Realidad *afirma: 'Nuestro estudio
versará principalmente sobre aquellas sociedades en las que el mito
está 'vivo' (o lo estaba hasta hace muy poco) en el sentido de que
proporciona modelos para el comportamiento humano' (Eliade 1963, 2).
Como resultado del carácter central del mito en esta perspectiva, que
le otorga una función paradigmática, Eliade observa que el primer
tipo de sociedades tiende a resistirse a la historia al abolir así la
irreversibilidad del tiempo. Sostiene que en las sociedades
primitivas hay una especie de temor a la historia que lleva a las
personas a lidiar con el sufrimiento desarrollando explicaciones que
sitúan la causa de ese sufrimiento en un terreno sagrado. En otras
palabras, hacen soportable una desgracia afirmando que ésta no es
arbitraria. Al contrario, posee un sentido que puede ser desvelado
mediante arquetipos, que se encuentran más allá de las influencias
corrosivas del tiempo y de las acciones individuales (Eliade 1949,
143).
Es precisamente este temor el que conduce a los individuos de estas
sociedades a desarrollar ritos de regeneración con los que se
pretende restaurar el orden que ha estado expuesto a esta erosión del
tiempo durante un periodo. Por lo mismo, Eliade afirma que
... lo esencial es que en todas partes existe una concepción del fin
y del comienzo de un periodo temporal. Ésta se basa en la observación
de ritmos biocósmicos y forma parte de un sistema más amplio, a
saber, el sistema de purificaciones periódicas ...y de la
regeneración periódica de la vida... Más importante aún, una
regeneración periódica del tiempo presupone, de forma más o menos
explícita (especialmente en las civilizaciones históricas) una nueva
creación, es decir, una repetición del acto cosmogónico. Y esta
concepción de una creación periódica, de la regeneración cíclica del
tiempo, plantea el problema de la abolición de la 'historia' (Eliade
1954, 52-53).
A partir de aquí, se entiende las expresiones de esta concepción
cíclica del tiempo en dos sentidos: por un lado, en relación a ritos
que se celebra en diferentes momentos de un periodo temporal, como
los del Año Nuevo, o aquellos que se asocia con la expulsión de la
enfermedad o de seres malignos; por otro lado, en referencia a una
serie de edades organizadas en una estructura numérica simbólica que
comprende una secuencia preestablecida de los acontecimientos.
A pesar de que la división del tiempo en edades no es un fenómeno
universal, numerosas sociedades, sobre todo aquéllas consideradas
civilizaciones 'altas', han desarrollado este modelo. Pueden variar
en el número de edades, en el contenido de cada edad, en su secuencia
y en otros aspectos, pero todas tienen en común el hecho de que son
atemporales y, por consiguiente, míticas. Se puede observar un
ejemplo interesante de estas variaciones, y de las maneras en que
estas edades se organizan para oponerse a la historia, en los
contrastes entre los sistemas propios de la tradición indoeuropea y
de la cultura andina.
Desde Hesíodo sabemos que los griegos creían que habían transcurrido
cuatro edades antes del periodo en que ellos vivían. La primera era
la edad de oro, descrita como un periodo en que la humanidad era
perfecta. La segunda estaba simbolizada por la plata, y la tercera
por el cobre. La cuarta era la edad de los héroes y no estaba
asociada con metal alguno. La última, que correspondía a su periodo
contemporáneo, estaba simbolizada por el hierro.
La secuencia en su
conjunto estaba carácterizada como un proceso de decadencia a partir
de un estado inicial de perfección. En consonancia, el último
periodo, aquél al que pertenecía la humanidad viva, era concebido
como un periodo en que la humanidad estaba condenada al sufrimiento.
La india
En India se observa algo similar. En este caso las edades se llaman
*yugas*, y el ciclo entero, o *Mahayuga*, tiene cuatro. Cada una ha
sido precedida y seguida por un auge y un ocaso. La primera era
conocida como *Krita-yuga*, la segunda, *treta-yuga*, la tercera
*dvapara-yuga* y la última, *Kali-yuga*. Además de una duración que
disminuía progresivamente, en el plano de la vida de los seres
humanos cada edad traía consigo una reducción del tiempo de vida, una
relajación de su comportamiento y una disminución de su inteligencia.
Este proceso de decadencia acababa en la edad de *Kali-yuga*, nombre
que porta la connotación de 'sombras' porque, según se creía, en esta
edad las sombras se volvían más espesas. El ciclo acababa en una
disolución total, o *pralaya*, después de la cual comenzaba un nuevo
ciclo.
Las grandes civilizaciones del continente americano también
desarrollaron esta concepción de un número fijo de periodos, o
'soles', como solían denominarlos. Como en el caso de los griegos,
aquí también se asociaba cada etapa con distintas humanidades. Sin
embargo, al contrario de los griegos, en lugar de formular la
secuencia en términos de decadencia, escogieron una imagen en la que
se alcanzaba la plena humanidad sólo en la última etapa, que en
algunas culturas ocupaba la cuarta posición y, en otras, la quinta.
Además de esta diferencia, una condición innata de sufrimiento
asociada con esta humanidad final, no desempeñaba una función muy
importante en sus concepciones cosmológicas. En cambio, orientaban su
miedo a la ruptura que había puesto fin a los periodos anteriores,
porque creían que algo similar podía ocurrir en la edad en que ellos
vivían.
Mesoamérica y la región Andina
Las civilizaciones mesoamericanas, como los aztecas y los mayas,
consideraban que estas rupturas eran producto de cataclismos
provocados por la intervención de cada uno de los elementos
naturales. Así, se creía que una de las edades había desaparecido por
obra del agua, otra por obra del fuego, una tercera por obra del aire
y una última a consecuencia de los terremotos.
Para impedir que
ocurriera algo similar, como que el sol dejase de moverse, los
aztecas desarrollaron una práctica extremadamente sangrienta que
implicaba sacrificios humanos a gran escala.
En la región andina, a pesar de que la información proviene de
fuentes ya muy influidas por el pensamiento occidental, es posible
reconocer que también existió una concepción similar a la de las
civilizaciones mesoamericanas. Una vez más, el vocablo que definía
los periodos era 'sol' y la vida de la humanidad estaba situada en el
quinto sol.
Se decía que cada uno de estos 'soles' había durado mil
años, subdivididos cada uno en dos periodos de quinientos años. Los
puntos de inflexión de cada división se llamaban '*Pachacuti*',
palabra que expresaba la idea de 'transformación mundial' o
cataclismo. Se creía que eran nueve los '*Pachacutis*' anteriores al
periodo de los pueblos contemporáneos si bien estaban seguros de que
estaba a punto de producirse otro periodo crítico.
En cuanto a la naturaleza de las fuerzas que producía la ruptura
entre un periodo y otro, desafortunadamente existen escasas
referencias. Sin embargo, es interesante que algunas fuentes, como
las crónicas del Padre Murúa (1964), también se refieren a los cuatro
elementos naturales, y señalan que el diluvio cristiano fue traducido
al quechua como '*Uno yacu pachacuti*' o el 'pachacuti del agua'. Hoy
en día, los pueblos andinos contemporáneos aún hablan de humanidades
que les precedieron y fueron destruidas por el agua y el fuego.
Para impedir un desenlace tan catastrófico, las civilizaciones
andinas como los incas, en lugar de ahondar en la práctica del
sacrificio humano, como los aztecas, construyeron una muy elaborada
concepción de la realeza divina (el 'Inca'), que tenía como atributo
principal la restauración y mantenimiento del orden. De aquí la idea
de que el concepto de Pachacuti no estaba únicamente relacionado con
el cataclismo que produjo la ruptura entre periodos, sino también con
el monarca divino capaz de restaurar el orden. Para potenciar el
carácter divino del Inca y el rol de su posición como principio
unificador, se le representaba como el mediador de opuestos
complementarios derivados de una concepción dual del mundo y la
sociedad.
Debido a esta capacidad de poner orden en el mundo, el paradigma de
la sociedad organizada eran no sólo los reyes sino también sus grupos
étnicos. Se pensaba que los grupos sociales que les habían precedido
eran pueblos bárbaros inmersos en guerras endémicas. Algunos
cronistas, como Guamán Poma de Ayala, reelaboraron esta idea y la de
las edades del mundo, y organizaron estas últimas en una secuencia
evolutiva. Ésta se iniciaba con una primera edad, cuando los seres
humanos se vestían con hojas de árboles y vivían en cuevas, y acababa
con una quinta edad, la de los Incas, donde se les consideraba como
paradigmas de una plena socialización.
Este rol de la realeza Inca como mecanismo para desafiar a la
historia a través de su capacidad para introducir el orden, se
convirtió más tarde en un importante marco para la introducción del
cristianismo entre los pueblos indígenas. Jesús, también visto como
monarca divino, fue asimilado a la figura del Inca. Como
consecuencia, la atracción que el cristianismo ejerció sobre los
pueblos indígenas se debió en gran parte a su relación con una idea
del orden y con las ideas escatológicas que proclamaba.
Esta
selectividad explica en parte por qué la linealidad temporal del
cristianismo apenas fue comprendida como tal, puesto que se vio
enmarcada en una concepción estática del tiempo. La importancia que
se prestaba a la realeza divina, su asociación con una visión cíclica
del tiempo, y su orientación endogámica dentro de una organización
social jerarquizada, también explican en parte la importancia
otorgada al mesianismo como fenómeno religioso recurrente en esta
parte del mundo con su énfasis en el retorno del Inca.
La historia, en el sentido de una narración que pretendiera registrar
la incidencia de los acontecimientos reales, era marginal en esta
división en edades. Esto significa que no deberíamos interpretar
estos ejemplos como relaciones de hechos reales, sino más bien como
mecanismos simbólicos que contribuían a formar una imagen de la
sociedad como integrada dentro de un orden cósmico. Si esto es válido
para las edades, algo similar podría suceder con las referencias a
los monarcas divinos relacionados con ellas.
Al parecer, fue así en
el caso de las dinastías de los reyes Inca, según las descripciones
en las primeras crónicas. Como ha postulado el antropólogo holandés
Tom Zuidema, el hecho de que cada uno de los nombres atribuidos a los
reyes Inca, y los grupos sociales a ellos vinculados, ocuparan
posiciones fijas dentro de un sistema cerrado (como en el sistema
ceque de Cuzco, que integraba tiempo, espacio, organización social,
religión y, en general, la integridad de la sociedad) constituye una
prueba contundente de su ahistoricidad.
Fuente: "Cosmologías", de Juan M. Ossio. Publicado en Revista NAyA N*29 - Buenos Aires, Octubre 1998
Fuente:
Diccionario de Mitos y Leyendas - Equipo NAyA
http://www.cuco.com.ar/